jueves, 20 de agosto de 2009

Música, tristeza y montañas

Estoy triste. Por nada en concreto, por todo en general. Tengo motivos para estar alegre y feliz, reconozco los motivos como tales motivos generadores de felicidad, agradezco a las fuerzas del universo el haber sido elegida como destinataria de esos motivos en concreto, lo aprecio en su justa medida y trato de disfrutar de sus consecuencias. Hasta ahí todo fenomenal. Pero hay ciertos días en los que me acompaña una especie de tristeza, ligera pero constante, leve pero pegajosa, y hoy ha sido uno de esos días. No ha tenido la culpa el chirimiri, porque ya dije que me da igual que llueva o haga sol. Creo que ya superé la etapa de 'me deprimen los día grises y lluviosos', aunque tengo que reconocer que la energía solar me ayuda a seguir hacia delante. La culpa no ha sido de nada, ni por supuesto de nadie, ni siquiera mía. Tengo dos enfermedades crónicas, una se llama trombocitosis esencial y la otra se llama tristeza flotante. Creo que la causa de ámbas reside en un trastorno genético. No tienen cura. Se alvian pero no se curan.
Hoy no he hecho nada de nada. Sólo he ido al aeropuerto y he vuelto del aeropuerto. Iba a ir a la playa, pero como se ha puesto a llover ... Hoy he pasado todo el día recopilando música, ordenando música, cargando el ipod de Bruno, que a partir de ahora hará las funciones de ipod de Marta, he creado listas de reproducción con los consejos de mis amigos, esos que saben tanto de música, y de mi hermano, ese que sabe tanto de música, yo no sé de música, pero como me junto a ellos, absorvo sus conocimientos y disfruto de la buena música, poco a poco voy aprendiendo. Gracias, Antonio, Santi y Rubén. Gracias por descubrirme esas maravillosas canciones, algunas de las cuáles ponen los pelos de punta. Si no fuera por vosotros seguiría el resto de mi vida escuhando a Wilco una y otra vez.
El otro día se murió mi ipod. Es el segundo ipod que se me muere. RIP. Creo que fue un golpe de calor. RIP. Estaba en Menorca, en la piscina, escuchando Interpol, y de repente se hizo el silencio. RIP.
Tomando un café y leyendo un periódico atrasado me entero de que dan por concluídas la labores de rescate del alpinista español herido en el Anapurna. ¿Eso significa que ese pobre chico va a morir lentamente allí dónde esté y que no se puede hacer nada por ayudarle?. Pues sí, eso es lo que significa. RIP. Qué triste. Pero que le vamos a hacer, si no se puede no se puede. RIP. Nadie le mandó subir hasta dónde demonios subiera. No quiero ser desagradable, y que conste que me da muchísima pena que alguien tenga que morir de esa manera, pero es que no entiendo a esta gente, bueno tampoco quiero ni necesito entenderles, cada uno que se dedique a lo que quiera y que se divierta como pueda, pero lo que sí me importa y quiero entender es por qué se tienen que gastar esas cantidades de dinero que se gastan en las complicadas labores de rescate de esta gente que pone en peligro su vida porque sí. Arriesgan su vida voluntariamente y para nada que vaya a suponer un avance para la humanidad, porque a mí que lleguen a cimas elevadas y bajen con los pies congelados me importa más bien poco, y su satisfacción personal les sirve solo a ellos. Pienso que ese dinero que se gasta en esos rescates se podría gastar en costear algún carísimo tratamiento médico para un enfermo de vetetuasaberqué, por ejemplo, que ese sí que no ha elegido voluntariamente que un tumor maligno invada su cuerpo, o que un órgano vital deje de hacer sus funciones, y que de la noche a la mañana su vida da un vuelco y sin haberlo planeado tiene que empezar una aventura muchísimo más dura que la de subir al Anapurna. No sé. La verdad es que no sé nada. Y espero que el alpinista Oscar Pérez muera lo antes posible, porque es terrible tener que morir así. El caso es que no me puedo quitar su imagen de mi cabeza, y eso alimenta un poco a la gran nube gris que planea hoy sobre ella, pero yo sigo con mi música. .
Y hago una lista de reproducción para Bruno, porque como ahora compartimos ipod ..., y mientras escribo, le oigo cantar en la cama y a voz en grito "La Chica de Ayer"; un año antes de morir Antonio Vega, cuando tenía cinco años, ya la cantaba. La cantaba mientras yo le miraba embobada. Igual de embobada que escucho a Catalina cantar "Un Buen Día" de Los Planetas, o "El club de Fans de John Boy". Y es que mis hijos nacieron escuchando música. Buena música.
Contra la tristeza practico la sonrisa y miro a mis hijos. Ahora voy a dormir, estoy cansada, hoy he sonreído mucho.

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